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Las casitas del jardinero


Ya es tarde para verlas, incluso en su lenta agonía que las llevó de la mano hasta convertirlas en esqueletos abandonados que nadie sabía justificar. No eran ni cómodas ni lujosas, apenas contaban con lo mínimo necesario en esos dos ambientes pelados que las componían. Una endeble puerta de celosía hacía las veces de portón principal, pero igual nos gustaban. Eran casas de muñecas con gente adentro.
Cuando era pibe recuerdo haberle preguntado una sola vez a mi viejo que qué cuernos eran, y él  como siempre, me dio la respuesta justa y necesaria. Pero como todo pibe que se precie de tener un poco de imaginación y tiempo libre,  la ubiqué en el cajón de los conocimientos relegados para cuando fuera más grande y preferí fantasear con leñadores y enanos, gnomos y princesas, dragones y caballeros, pues a falta de una saga de Tolkien por entonces estaba mi imaginación jugando con La espada en la piedra en dibujos animados.
Las casitas estilo alpino, donde vivían el jardinero y su familia, empleado que dependía de la Dirección de Parques y Paseos de la municipalidad de Buenos Aires, estaban edificadas a la vera de la avenida General Paz. Todo el mundo las veía, sobre todo porque las rodeaban jardines preciosos.


Las casitas se encontraban a lo largo de la ecológica avenida construída cuando la ecología no era moda y se tenía en cuenta que la calidad de vida tenía que ver con el contacto con lo natural.
La llamaron "La avenida parque" y era un proyecto del Ing. Pascual Palazzo que se llevó adelante con  dirección de la obra  a cargo de José María Zaballa Carbó y creo que salió algo así como 15 millones de pesos en su estado inicial. Como en muchas obras que implican un gran recorrido y se quieren inaugurar con premura, se adjudicaron las obras a dos empresas contratistas , una la Empresa Argentina de Cemento Armado (EACA) al sur de la Avenida Rivadavia y la otra la Compañía de Construcciones Civiles al norte. La obra arrancó el 8 de junio de 1937 y se inauguró el 5 de julio de 1941 con casitas y todo. Para que usted se ubique, por un lado estaba El Puente de la Noria que hasta el día de hoy cruza el Riachuelo pero que fue abierto a la circulación vehicular tres años después porque se estaba realizando la obra de rectificación del curso de agua (si, el Riachuelo fluía diferente a cómo lo hace hoy), y por el otro lado terminaba en la rotonda con la Avenida Blandengues ( posteriormente bautizada Avenida del Libertador General José de San Martín desde 1950).

En el largo recorrido estaban estas casitas construidas de material, o sea ladrillos, con techos de tejas de madera embreada y que contaban con tan sólo dos ambientes.
 

Por razones de mantenimiento y paisajismo colocaron una cada kilómetro y medio, y estaban tan bien construídas que siguieron en pie durante más de 40 años. Fueron habitadas por primera vez allá por los 50 y se demolieron en los 90 cuando se empezó a ampliar la General Paz. Por entonces sus ruinas ya casi eran irrecuperables y en ellas ya no vivían los jardineros como antes, sólo eran depósitos de herramientasy cosas viejas.

Sumaron un total de dieciseis, diferenciadas en pequeños detalles y formas que ayudaron a embellecer el paisaje que grandes y chicos como yo apreciaba cuando transitaba por la General Paz en épocas en que casi siempre se encontraba semivacía. La idea siempre fue que fuera una avenida parque, un pulmón verde para la ciudad de Buenos Aires y eso requería del mantenimiento del paisaje.
 

Por eso, como ya dije, en cada una de esas casitas vivía un jardinero con toda su familia. Era el que se encargaba del mantenimiento del parque que rodeaba la vivienda y de más de un kilómetro y medio de avenida, casi hasta donde comenzaba el feudo del próximo jardinero. Sus deberes eran más que necesarios, durante los dias de semana cortaban el césped con una guadaña, los fines de semana se encargaban de arreglar los jardines alrededor de su casita, donde siempre predominaban las rosas y los pensamientos.

En la época de mayor esplendor y para hacer las cosas más entretenidas, todos los años se hacía un concurso para premiar a la casita mejor conservada, y los resultados se publicaban en los diarios.

Como hoy es de uso en los bosques de Palermo o en Parque Saavedra, era muy común ver a parejas de novios sacándose una foto frente a una de las pequeñas réplicas alpinas. También las familias que recorrían la General Paz en automóviles se detenían para deleitar la curiosidad de los más pequeños como yo.
 

La primera de las casitas estaba ubicada lindante con la Avenida del Libertador y la última casi sobre el Puente de la Noria. Había una cercana a la Avenida de los Constituyentes, otra a la altura de Liniers, y así sucesivamente en los principales cruces de la General Paz.

Una pena que no haya quedado ninguna. Fueron sin dudas una de las marcas distintivas de una época donde el progreso iba de la mano con lo estético.

Pero no fueron el capricho de nadie, antes de encarar la obra se prestó especial atención en la forestación de la avenida, para lo cual fue consultada la Dirección de Parques y Paseos de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires. Se dio preferencia a las especies nativas, si bien muchas de estas eran difíciles de conseguir en los comercios y viveros oficiales. Incluso en la faja central de separación de calzadas se plantaron arbustos de una cierta altura con el objetivo de tapar las luces de los faros de los vehículos que circulaban en sentido contrario. En la zona correspondiente a la antigua estancia Saavedra-Zelaya se dejaron los ejemplares arbóreos que ya estaban plantados. y en medio de la traza se instaló un sendero para andar a caballo.


Ya no queda casi nada de la antigua Avenida Parque y aunque en las últimas ampliaciones se intentó transplantar los árboles más frondosos, la idea de conjunto pasó de ser un pulmón para la ciudad y un parque para la recreación del paseante, a una mórbida cinta de cemento donde miles de automóviles generan tanta contaminación, detenidos a la espera de poder avanzar, que ya nadie podrá respirar nunca más en una ciudad que no sólo ha perdido la poesía de las casitas, sino que ha perdido el corazón que las necesitaba.

Taluego.

Fuente: http://blogs.lanacion.com.ar , Wikipedia

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